Me convertí en todo cuanto quise desde la vez que me enteré de lo estúpidos que están todos allá afuera. Solamente así uno es capaz de engañar a los demás; convenciéndolos de que eres increíble, agregando a tus discursos —casi vesánicos— una inocente y paradigmática ecuación que resulta irrefutable ante cualquiera que se asombre con un poco de sesquipedalismo. Jamás intenté demostrar mis habilidades. De esa manera rápidamente me vi inmerso en mareas de palabras que nunca crearon corriente alguna. Y me han de disculpar la metáfora oceánica, pero ¿cómo decirlo de otra manera? Si cuando se quiere llamar la atención no es necesario ser tan, digamos, exponencial. No al menos en la sociedad que me rodea, misma que me ensucia un poquito el nombre.
De lo que no me doy cuenta, evidentemente, es de que mi limitado espacio no lo es todo. Del otro lado de la puerta existe todo un mundo de personas despiertas cavilando las opciones y éstas sabrán, de un momento a otro, que siempre he sido un mitómano.
―Apuntes de un impostor.